Eres mi sol, mi sol de barro, que como un molino de espigas danzas en los días de viento.
Sobre amuletos y ofrendas, hice este sol para el solsticio de junio de 2025 que celebramos en nuestra casa Es Racó de Pau.
Unos días antes, durante un paseo matutino con Rubiol, recogí un montón de espigas, fascinada por su color dorado. Pensé en crear un símbolo para nuestra reunión semestral de solsticio: una ofrenda al sol, que por esas fechas se hace cada día más presente y tiñe los campos de Mallorca de un dorado deslumbrante, casi de ensueño.
Mientras recogía las espigas no tenía nada claro que la forma final fuera un sol. Imaginaba algo más parecido a un ramo, una estructura radial que pudiera trenzarse y abrirse como un abanico. Y entonces apareció el barro, como herramienta capaz de reunirlas a todas.
No lo pensé demasiado. Ya no recuerdo exactamente cómo corté las espigas, para que quedaran más o menos del mismo tamaño. Recorté un círculo de una plancha de barro y, de forma orgánica, comencé a incrustar las espigas intentando que nacieran desde el centro. Buscaba una simetría radial guiada por la intuición, y por la cercanía natural entre unas y otras.
Lo dejé secar y, llegado el día del solsticio, lo estrenamos. Brillaba y danzaba. Fue mágico, y una verdadera sorpresa descubrir que comenzaba a girar cuando el viento lo atravesaba.
Deslumbró a muchas personas, y aún lo sigue haciendo. Es una pieza efímera de barro y espigas; de barro sin cocer, de barro que podrá quebrarse cuando así lo decida el tiempo. Mientras tanto, continúa allí, en el porche —eso sí, bajo techo—, danzando con el viento.
Tiempo después, una amiga querida me pidió que hiciera uno para ella. Ha sido una experiencia hermosa porque quienes me conocen saben cuánto me interesa comprender qué ocurre cuando una pieza entra en un proceso de repetición. Pero el sol me desafía. Hacerlo para otra persona añade una tensión distinta, una expectativa que a veces me bloquea.
Aun así, el sol ha seguido evolucionando.
Y ahora brilla más fuerte.



