«…como el calor intrínseco que llevamos en el pecho, el fuego entra en contacto con el alma de la pieza, transformándola de lo efímero a lo eterno.»
Autor desconocido. Frase tomada de un video de referencia del Colectivo Pigmenta.
En mi vida, el contacto con la cerámica ha sido espontáneo e intuitivo. Me ha pasado que las personas que han intentado enseñarme sobre ella, cuando comienzan a hablar de la quema y yo no veo claro que esté en ese momento del proceso, dejan de captar mi atención.
He perdido bastante información que Ruben Cano quiso transmitirme antes de volver a Uruguay o antes de vender su horno. También podría haber estado más atenta cuando Adrián Leiva me mostró la estructura de algunos de sus hornos en su Taller del Colibrí. O haber preguntado más a Isabella Rengifo sobre el horno comunal que se armó este año en su casa para los talleres de creación que imparte en Margarita, e indagar un poco más, junto a ella y Juan José del Cercado, sobre sus experiencias.
Pero bueno, como la tecnología nos acerca, estas tres personas han estado apoyándome a distancia en la quema de unas fragatas que hice al volver de Venezuela.
Después de ver varios videos y recordar las palabras de Isabella y Adrián sobre la quema primitiva, abrí dos trincheras en el campo. Sin embargo, algo se me bloqueaba en ese proceso. Primero hice una trinchera muy grande, donde sería difícil mantener el calor y el fuego encendido. Luego hice una más pequeña, que abandoné cuando Ruben me mostró los hornitos efímeros de Cuini Chiappero.
Finalmente di con la forma de mi horno efímero
Armando el horno
14-05-2026, día de la quema
Con 40 € compré 30 ladrillos refractarios y, con 8 € más, unos guantes termorresistentes.
Lo ideal es contar con un medidor de temperatura, un pirómetro, y alcanzar alrededor de los 800 °C, una temperatura suficiente para móviles de cerámica.
Coloqué una placa de metal en el suelo. Era algo peligrosa si se pisaba y bastante inestable cuando cogía temperatura, porque comenzaba a deformarse, pero servía para proteger el piso y evitar que quedara una mancha de hollín.
Con dos bloques de altura construí la cámara del hogar y con dos bloques y medio la cámara de cocción. Tapé la parte superior con tejas, aunque probablemente habría funcionado mejor una bandeja metálica para cerrar más herméticamente la cámara.
Precalentando las piezas
Durante todo este proceso, la voz metódica de Isabella me fue guiando paso a paso y marcando los tiempos.
Hice la quema a pleno mediodía. Saqué las piezas al sol para que se calentaran mientras armaba el horno. Alcanzaron bastante temperatura. Encendí el fuego y, cuando tuve una pequeña brasa controlada, coloqué las piezas alrededor para que fueran calentándose poco a poco. Lo ideal habría sido ponerlas desde el inicio, pero yo suelo generar llamaradas muy fuertes al encender.
—Un consejo: haz siempre piezas de más. Si una se rompe, tendrás piezas extras— me escribió Adrián en uno de sus mensajes.
Utilicé como combustible hojas secas de palma, carbón y pequeñas ramas de almendro.
Las piezas permanecieron aproximadamente una hora calentándose alrededor del horno. Con los guantes les fui dando vuelta una y otra vez.
La cocción
Cuando las brasas estuvieron estables, introduje las piezas en la cámara de cocción. Tras unos minutos, debí cocerlas a fuego fuerte durante quince minutos antes de tapar el horno.
Pasado ese tiempo, cerré el horno. Lo ideal es que quede casi hermético; algunas personas sellan incluso con barro. Yo no lo hice porque en alguna ocasión el barro me ha explotado al calentarse.
A partir de ahí mantuve el fuego fuerte durante una hora y media o dos horas. A veces resulta difícil si el tiro es demasiado pequeño. La próxima vez dejaré una abertura adicional en la parte trasera del hogar.
Después retiré la tapa con unas pinzas y mantuve el fuego alto durante media hora más.
—Que salga la lengua de fuego— me dijo Isa.
Hay que dejarlo el tiempo necesario hasta que las piezas se vean al rojo vivo, o incluso blanquecinas. Cuando alcanzan ese punto, ya se puede dejar de alimentar el fuego.
La despedida y el enfriado
Entonces llega el momento de despedirlo y volver a tapar el horno hasta el día siguiente, permitiendo que todo se enfríe lentamente con el paso de las horas.
Las piezas cocidas deben sonar como cerámica cocida: un sonido casi metálico, cercano al vidrio, muy distinto al que tienen cuando están crudas. Las mías se cocieron, aunque seguramente podrían haber alcanzado una temperatura mayor.
Las quemas con fuego tienen sus limitaciones de temperatura; Adrián me comentó que, como mucho, pueden alcanzar alrededor de los 900 °C. Después de realizar esta quema, me enteré de que también puedo llevar las piezas a Bendix y facilitarme esa fase del proceso.
Aun así, haber construido mi propio horno y acompañado las piezas durante toda la cocción ha sido una experiencia increíble. Más allá del resultado, me ha dado una sensación de autonomía y confianza difícil de explicar: Construir el horno, alimentarlo durante horas, poder acompañar el barro desde la tierra hasta el fuego, y completar el ciclo con mis propias manos.



